Selva de Irati:Ochagavia-Irabia-Ollokia

Ruta realizada el Sábado 18/06/2005

Dificultad Física
Dificultad Técnica
82.6 km
2225 m
352 Km Distancia Madrid
12h42'
7h53'
Características Terreno No hay información sobre el terreno

Participantes: Alfredo, Félix, Juan, Miki, Pepe, Jesús, Julio

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EL VIAJE, VIERNES 17-06-2005

Hasta aquí hay que imaginar el prólogo cursi de todos los años, que si ya van cinco, como Indurain, que si qué bien lo pasamos juntos, cuánto nos queremos, hay que ver lo sano y divertido que es esto. Pero bueno, ya nos lo sabemos todos y basta con leer lo del año anterior.

Lo del viaje ya es otra cosa, aquí cada año tiene su puntito y siempre hay algo que pone personalidad al tema, dando lugar a las primeras anécdotas.

Hacemos una huída rápida del curro –cada cual del suyo- para intentar ponernos en camino cuanto antes. Félix lleva todo cargado, así que nos vamos a mi casa, añadimos mis bártulos y comemos un bocata..

Los acoples de este año son Juan y Miguel en el Passat, conduce Miguel; Jesús y Julio en el Scenic, no conduce Julio; Félix y yo en el Honda, conducimos a ratos; y Alfredo solo, no puede delegar.

 Es increíble lo sincronizados que estamos todos (menos Alfredo), coincidimos en la carretera con muy pocos kilómetros de diferencia, aunque para ello sea necesario que alguno se pierda un poquito. Jesús se despista en la misma M-40 y aparece en el peaje de la R-2, preguntando en la garita que “cómo se va a la R-1” –no existe- es la lacónica respuesta de la empleada, así que se apañan como pueden para salir a la de Burgos por ahí por Algete.

Paramos a comer en un área de descanso, en el Km 152, y es cuando aprovechamos para saludarnos todos y cambiar impresiones. Los que no llevábamos comida compramos unas latas, yo una de pimientos, que le cargaría a Julito el día siguiente.

Seguimos viaje los tres coches juntos. De Alfredo ya tenemos noticias, está en el atasco de salida de Madrid. Por una vez, se ha puesto en camino antes de que anochezca.

Llegamos a Vitoria y, siguiendo la premonición de Julito, en vez de rodearla, nos metemos de lleno. Paseamos por sus calles y avenidas, visitamos sus parques y entablamos relación con alguno de sus ciudadanos, pues creo que llegamos a preguntar hasta dos veces al mismo. Bonita ciudad, buena gente, magnífico urbanismo, ¡pero joder!, nosotros a lo que vamos es a montar en bici.

Por casualidad o por agotamiento del callejero, acabamos dando con la carretera de salida y enfilamos a Pamplona. Más autopista de peaje, más despistes en la salida. Tenemos que casi sobornar a uno en la taquilla de pago, para que les asegure a los de atrás que este camino es el bueno, que no vamos mal y que llegaremos enseguida.

Damos también una vuelta no intencionada por Pamplona, salimos por la carretera de Donostia y tenemos que retroceder, todo sea por ir esperando a Alfredo.

Luego ya llegamos a Ochagavía, pues una vez abandonada la autopista no nos perdemos más ¡eso para que hablen de las nuevas vías de comunicación!

El pueblo está bien, el río está bien, las casas están bien y nuestro alojamiento está bien, pero en cuanto a la gerencia, María del Carmen es una chiquita rubia que regenta la casa del S XVIII donde nos alojamos, y creo que lo hace desde su inauguración. Todos coincidimos en que molaba más la rusa del año pasado, con sus carnes abundantes y su sonrisa infantil, desinhibida.

La casa tiene un portalón amplio en la planta baja, con el suelo empedrado y muebles de madera antiguos, probablemente la antigua cuadra. En la primera planta hay un pequeño salón y las habitaciones de Maricarmen, permitirme que lo ponga así, es más cariñoso. Aquí desayunamos, junto a la cocina, qué intimo. En la segunda planta hay un pequeño distribuidor y las habitaciones de todos, con dos baños a compartir. Molan los suelos de tarima antiguos y algunos detalles de arquitectura de la casa, como el balcón o las vigas, pero el acabado final, sobre todo el de los baños, se queda bastante justito. Es que debe ser muy difícil y muy caro poner en funcionamiento un caserón de este tipo con todos los detalles al nivel que merece el edificio.

Casi no nos ha dado tiempo a instalarnos cuando llega Alfredo, que a poco más nos come la diferencia de horario en la salida y nos adelanta, claro como nosotros nos íbamos equivocando por él… Seguro que no ha parado a comer, ni ha vacilado con el coche, ni a intimado con todos los habitantes de Vitoria ¡joder que envidia me da!

Nos vamos a cenar a Auñamendi, que es el hostal-restaurante que hay en la plaza del pueblo. Tienen un menú de 12 euros que no está mal, pero tampoco para sorprender. Las alubias son ricas y efectivas,  y el pato que tomo de segundo pondrá un perfume picante a los gases propios de la combustión intestinal.

Para que nos baje la cena vamos al pub del pueblo a tomar una copa. Nos la sirve un camarero mayor, con la cara muy triste. Hay un grupo de chavalines jugando a las cartas y tres viejos siguiendo la retransmisión en euskera de un partido de pelota ¡que ambientazo! Para alegrar un poco el fin de fiesta y que no nos vayamos a la cama decaídos, Jesús nos hace un pase de modelo en tanga negro, y luego que cada uno apague su lívido como pueda.

RUTA DE BICI, Sábado18-06-2005

Los desayunos con Maricarmen. Debería ser un programa de radio o un espacio de televisión local. Aquí estamos, todos juntitos, vestidos de colorines, alrededor de una mesa camilla, mientras nuestra chica nos provee de tostadas, café y zumo de bote. Es un desayuno sencillo, abundante y caro de cojones, a 4 euros cabeza. Estamos pagando las viandas como si lo tomáramos en un hotel de lujo, o como si lo sirviera una camarera de lujo en paños menores, que también podría ser.

Preparamos las bicis, compramos el pan y llenamos los depósitos de agua en la fuente. Alfredo se ha traído Solan de Cabras, que suena cursi, pero cuando probamos lo que daba el ayuntamiento por el caño, lo echamos todos en falta.

Salimos por carretera hacia el alto de Tapla. Son 14km cuesta arriba, pero suave. Jesús y yo nos quedamos atrás para hacer una subida cómoda. Luego se nos uniría Miguel. Es un ascenso suave gracias al firme, que pendiente si que hay. Poco a poco cogemos altura y los prados se hacen más verdes.

En el alto encontramos pastores con sus rebaños. Hay unas cercas de madera donde están agrupando ovejas con algún criterio oculto que se me escapa. Mientras los pastores también se agrupan, pero el criterio es más entendible: charla y cigarrito.

Una escena bucólica, con los perros esos de lanas que resultan tan graciosos –al que le gusten- y los corrales de madera ¡por cierto! Sorprende que las vallas son de maderas nuevas y tratadas, con tornillo y tuerca de acero inoxidable. Esta región exuda pasta hasta en las alturas.

Nos cuenta uno de los pastores que hay 3000 ovejas, muchas me parecen, pero no es cosa de ponerse a contarlas. Ya decía mi abuelo: cuesta menos creerlo que ir a verlo.

Mientras enredamos por el alto, llega un matrimonio madurito con bici de montaña (con bici, no en bici, ya que éstas van subidas a un Volvo 4×4 putamadre). Paran por allí y miran el plano de la zona, como nosotros. Cruzamos algunas frases y es evidente que se trata de una parejita de diseño: sus pendientes, labios pintados y ropita a juego. Entiéndase que me refiero a ella. Sus canas onduladas, guantes de los de agujeritos y retrovisor de globerazo en el manillar de la bici. Entiéndase que no me refiero a ella.

Aquí dejamos el asfalto por la derecha y tomamos un camino ascendente que está como grabado en el suelo, hundido. Sirve a la vez de camino y arroyo. A ratos vamos por roderas que nos obligan a guardar fila (véanse fotos del globero dando testimonio). Alcanzamos el alto de Auztarri, con las primeras vistas del pantano de Irabia y los bosques que rodean. En la cuerda sopla aire, nos ponemos a resguardo. Paradita, barra energética y revisión de planos. Vemos algunos caballos y buitres.

La bajada nos va metiendo poco a poco en un bosque de hayas. El Globero grita al pasar junto a los primeros ejemplares y se tira corriendo de la bici –no sea que se vayan a escapar- para preparar la cámara y hacer fotos de los árboles. La bajada es un poco trialera, con el suelo cubierto de hojas y un bosque que se va haciendo más frondoso. Hay puestos de caza situados en alto, con escaleras que suben a los árboles o con montajes de andamios. El suelo está sucio de cartuchos. Parece una de esas zonas de espera para zumbar a las torcaces migratorias. No le veo la gracia.

Hacemos otra paradita y más fotos. Ya nos hemos dado todos cuenta de que el agua que llevamos en la mochila es imbebible. Está malísima. En cuanto Alfredo se descuida, Julito le pega un tiento a su botella, que es de marca. A partir de aquí tendrá que estar al quite, si no quiere compartir agua y babas.

En la bajada me araño con los piñones o con el pedal y estrenamos el botiquín de Félix para limpiar un poco la herida. Seguimos por una pista rápida hasta el río Iratí, que se cruza por una plataforma de hormigón sobre la que corre una corriente fina de agua. Hacemos más fotos y nos mojamos los pies un rato. Se ve que vamos sin prisa.

Vamos en paralelo al canal de Irabia, algunos tramos por encima. Es un sendero estrecho y frondoso, con puntos un poco más difíciles. Jesús, por no querer poner el pie, pone el culo y además con fuerza. Se hace daño, pero no hay grandes consecuencias. Juan pincha con un alambre, resto de la valla que llevamos al lado. Sin nada más que contar salimos a la presa. Hace calor y hay que pararse buscando las sombras. Aquí ya coincidimos con más turistas, que hasta el momento veníamos muy solos. Uno de ellos echa pie a tierra en un repecho y le pega al sillín con rabia.

Modificamos la ruta original y, en vez de pasar junto al pantano por el lado sur, le damos vuelta y media ¡que no se diga! Vamos por un camino suave, entre árboles, del que nos desviamos en dirección al agua en un punto llamado “El Paraíso”

Es el momento de la comida. Antes o después nos bañamos todos en el pantano, menos Juan y Alfredo, que son más cohibiditos. Jesús nos demuestra la difícil técnica del melocotón submarino, que requiere de un culo redondito y peludo, para darle realismo. Hay alguna foto de las mejores escenas de pareja, que me recuerdan esas tomas que hacen los paparachi a Ana Obregón todos los veranos: que parezca que no quiero, pero que salga guapa. Nos hacemos unos buenos bocatas y damos cuenta de la lata de pimientos que ha cargado Julio todo el camino. Si se descuida no los prueba. El agua sigue estando malísima y Alfredo sigue vigilando con celo su aljibe personal.

Después de comer iniciamos la ruta despacito, pero como siempre, por poco tiempo. Acaba siendo todo un sprint a treinta por hora, poniendo al píloro en un aprieto digestivo.

Llegamos a la frontera con Francia, en el puente de “La Cuestión”. Se trata de una zona que fue objeto de disputa territorial durante mucho tiempo y se resolvió con algún tipo de acuerdo de compensaciones que ahora ya no le importan a nadie, creo que a las reses que por allí pastan no les importó nunca ¡lástima que los humanos tardemos a veces tanto tiempo en llegar a la inteligencia animal!

Completamos la vuelta al pantano en un punto que se llama Casas de Iratí. Hay un centro de información, una zona de aparcamiento, mesas y por fin una fuente con agua como Dios manda. Algunos pegan la hebra con la guardabosques, aunque no nos suministra ninguna información de interés. Creo que está más especializada en lo que es el cuidado de rebaños de domingueros. Se ve una panda de gente con bici, de los que no montan nunca y pretenden salir una vez al año con cara de ventura y cabalgando un hierro infame.

Hay que seguir, así que tomamos la carretera de subida y nos alejamos de la manada. Juan decide entretenernos con un magnífico caballito, que le hace tirar la bici de lado y aterrizar, casi de barbilla, con las manos fuera del asfalto, junto al zarzal. ¡Tiene güevos! En la subida pincho.

Dejamos el asfalto a los dos kilómetros y cogemos una pista frondosa, que después de subir un poquito, inicia una bajada rápida entre hayas y abetos. Es precioso. Lástima que vayamos tan rápido, pues es de los tramos más bonitos de la ruta. Vamos a parar junto al embalse de Kousta. No es muy grande, pero ésta todo verde alrededor y se reflejan los árboles. Sigue haciendo calor.

Ahora hay que subir y, por una vez, lo hacemos todos despacito, dejando que Jesús marque el ritmo. Ahora va muy bien el tío y los que se quejan de agotamiento son Miguel y Julio, creo que Juan también rezonga un poco. Las próximas referencias son el barranco de Pikatua y la Cruz de Osaba, donde estiramos un poco el ritmo y aprovecho para ponerle las pilas a Alfredo muy limpiamente, empezando desde atrás y sin truco (coño, para una que gano…) Félix se para antes de coronar, según él para esperar al resto y que no se pierdan, ¡ya!

Tocamos la carretera en un punto y hay un bar, pero cerrado. Rápidamente cogemos pista de nuevo y a seguir subiendo. Estamos a 1400mts y la temperatura se suaviza un poco, corre algo de brisa y se ésta bien. Hay unas cuantas pendientes muy duras, donde más de uno echa pie a tierra. En algún tramo hay que ir por profundas roderas de coche o por fuera del camino, donde la vegetación te frena mucho. Además un cabrón deja el landrover parado en el camino, a mitad de pendiente.

El alto de Abodi (1500mts) queda justo a nuestra izquierda. Subimos y seguimos por la pista de esquí que recorre la cuerda hasta el pico Dukea. Estamos todos bastante cansados. Aquí podríamos haber hecho una bajada por carretera, con lo que la ruta nos hubiera salido redonda, casi perfecta, pero no, mejor seguimos por la bajada trialera hasta el pueblo.

Vuelvo a pinchar, pero esta vez ya solo doy aire y continuo. Llegamos al Paso de las Alforjas. El atardecer tiene una luz preciosa y aprovechamos para hacernos una foto “culo al sol” apoyados sobre un dolmen. Alfredo se corta.

Bajamos por unos montículos sin camino hasta Arburria, entre rebaños de ovejas. A Julio le da un calambre y además se da un planchazo. Cruzamos el arroyo y tomamos el GR11, que no es ciclable ni de lejos. Aquí hay que bajar una especie de escalones, entre piedras y arbustos que te cierran completamente el paso. Algunos son acebos. A Julio hay que curarle el arañazo. Estamos sacándole partido al botiquín.

Otra vez rampas de subida muy duras, me pico con Alfredo y le paso, pero me despisto y esta vez pierdo ¡hay que contarlo todo! Salimos a la carretera que va a la ermita de Muskilda. Aunque no llevo mapa, vemos el cielo abierto y nos tiramos por carretera hacia el pueblo, pero elegimos mal y vamos a la ermita de todos modos. Aparecen Alfredo y Félix, que han elegido pista, y ya bajamos todos juntos por un camino empedrado, que con las pocas fuerzas que me quedan hago casi todo andando.

Estamos un poco hasta los cojones cuando vamos llegando al pueblo, entre las diez menos cinco y las diez y diez, según la habilidad de descenso de cada uno. Estamos muy jodidos, con la clara sensación de que se nos ha ido la mano y Julito además de mala leche. Lleva rato diciendo aquello de que “yo ya no me estoy divirtiendo” Además rompe un zapatilla.

Duchas, cambio y cena a eso de las once. Nos vamos a Ezcarroz, a un restaurante que está bastante animado para lo que se da por aquí. Parece increíble, pero en un local que no tendrá más de quince mesas, hay una con siete tías solas, cenando juntas en un pueblo de montaña. Podría ser perfectamente la historia de siete novias para siete hermanos, pero no, basta con verlas la cara.

El camarero es grandote y vacilón, creo que tiene un ramalazo, pero cualquiera sabe, con ese tamaño mejor evitar bromas. Lo que si que nos deja muy claro es que no tiene torrijas y se lo repite a Julio con desparpajo. Los garbanzos están buenísimos.

Durante la cena se repasan las vicisitudes de la ruta, lo del 100% ciclable, las excelencias del paisaje y lo jodidos que estamos todos. La experiencia es lamentable y nos está dejando sin ganas de dar pedales al día siguiente, pues hemos tenido bastante con los 85 kilómetros de hoy. Solo Alfredo insiste que él quiere montar a toda consta. Félix parece decir que sí, pero sin convicción, Miguel que no le importa quedarse solito, Julio sigue enfurruñado, pensando en su zapatilla rota. A mi no me apetece, pero acepto la mayoría. Hacemos un sondeo democrático y, sin necesidad de recuentos complejos parece que estamos todos un poco vagos. Aplazamos la “cuestión” para el día siguiente, que más tardaron españoles y franceses en resolver la suya por estas tierras y a los montes y bosques no les importó esperar.

Otras fotos: Link Álbum

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2 comentarios en “Selva de Irati:Ochagavia-Irabia-Ollokia”

  1. ¡Qué recuerdos tan buenos! Y que pedazo de ruta. Recuerdo entrar en Ochagavía anocheciendo a eso de las 21:45 molido después de 85 kms y 2200 m de desnivel, rematando una bajada de la ermita por escalones que me destrozó los brazos. Los cuerpazos que teníamos eran de élite-pro.

  2. De las rutas más intensas y bonitas que hicimos. Difícil de repetir con 15 años más viejos, pero tenemos que volver para buscar nuevas rutas.
    La foto de los culos creo que tampoco se podría repetir hoy en día.

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